miércoles, 29 de julio de 2009

CALMA CHICHA

Esta noche hace una calma chicha y estoy aquí apanarrao en mi hamaca observando las estrellas.
Si en el firmamento poder yo tuviera (cantaba Lola flores en los 60)
Hombre si yo tuviera poder habría hecho un universo mas pequeño porque paqué las estrellas tan grandes y encima a tomar por culo unas de otras .
En el principio era la nada, y luego al tun tun se fue rellenando de planetas, de cometas y demás cuerpos celestes. Lo que no tengo claro es si ocupamos toda la nada o aún queda algo de nada. Porque si por mofas, o por mufas, o por mefas, o por lo que sea esto deja de funcionar, si no nos a quedado un poco de nada , ¿dónde se coloca otro universo?.
Hace algún tiempo vi en un programa de televisión, que un niño de unos 9 años le preguntaba al presentador que como era de grande el universo. El presentador, con esa cara impostada y estúpida que solo ponen cuando se dirigen a los niños y a los viejos, contestó: “Puff”.
Bueno pues ya tenemos un dato. Puff.
Ahora si tenemos en cuenta que el tamaño de las estrellas es “ La Ostia” y que la distancia que hay entre ellas es “El Copón”, pues el tamaño del universo ya lo tenemos con una sencilla regla de tres simple.
Así “El Copón” es a “La Ostia” como “Puff” es a X.
Y como todo el mudo sabe se multiplican los dos medios y se divide por el extremo conocido, esto es: se multiplica “Puff” por “La Ostia”. se divide por “El Copón” y tenemos como resultado que el universo tiene una dimensión “de cojones”.
Estos datos pueden parecer vagos e imprecisos, sin embargo están avalados por la ciencia mas utilizada por nuestros políticos y economistas: “La Gramática Parda”.
En lo que si me surgen dudas, aunque pueda parecer ignorante, son las distancias a la conchinchina, al quinto pino, a los cerros de Úbeda, o donde Cristo dio las tres voces. Pero no importa, otro día hago otra regla de tres y lo averiguo.
Ah, y lo del diluvio universal, yo creo que no fue universal, si, ya sé que lo pone la Biblia, pero es que no me imagino el arca navegando por las estrellas, y además el sol se habría apagado y estaríamos a oscuras. Hombre, llover yo no digo que no lloviera, pero no tanto. Lo mas probable es que las aguas llegaron solo a tres o cuatro metros por encima del Everest, luego comenzaron a bajar y fue cuando mandaron a la paloma a por una rama de olivo a Jaén. Esto ya si es mas normalito y creíble.
¿ Sabéis que pasa con la calma chicha?. Que el cerebro se dilata, los sesos se vuelven aguachirris y claro se escriben estas paridas. También se hacen películas como “Amanece que no es poco” (mejorando lo presente).
¡Ay que pena morena!

jueves, 9 de julio de 2009

UN VIAJE ALUCINANTE

A petición de algunos familiares y amigos voy a incorporar al blog escritos antiguos de mi libro “Mis Cosas”, ya que este solo lo posee la familia y aquí tendré la oportunidad de que me lean por lo menos cinco o seis personas mas, y por lo mas, no se.
Este escrito lo relaté en el auditorio de Villafranca en las fiestas de 2003.




Un viaje alucinante


Dentro de la escasez en que vivíamos, las cosas iban mejorando paulatinamente, y poco antes de cumplir yo los seis años nos cambiamos a la calle de la Santa Cruz, también llamada Cruz de Lozano. Era una casa con tres habitaciones, con los techos de carrizo y el suelo de tierra. La habitación de la izquierda tenía un fogón y hacía las veces de cocina-comedor, a la derecha estaba el dormitorio de mis padres, y pegado a este un cuarto pequeño que se habilitó con dos camas para mi hermano y para mí.
Recuerdo el traslado a pesar de mi corta edad, y la ilusión con que lo hicieron mis padres. Por fin vivirían sin vecinos en una casa de su propiedad. No era gran cosa, pero ya se iría arreglando con el tiempo, decían ellos.
Creo recordar que fue una mañana de otoño de 1950. Estaba despejado y el sol iluminaba todas las fachadas enjalbegadas de blanco de la calle de la Vega. Debió de llover en los días anteriores porque el suelo se encontraba lleno de barro y de charcos de agua.
Yo me encontraba sentado jugando con mis canicas en la acera, frente a la puerta de mi casa. Bueno, en una acera imaginaria, puesto que el barro iba de puerta a puerta.
Mientras tanto, en un carro –creo que de mi abuelo- mis padres iban cargando nuestros enseres. Mi interés por las canicas desapareció para centrar mi atención en el quehacer de mis progenitores, quedando asombrado en aquellos momentos por la cantidad de cosas que poseíamos.
Cuando todo estuvo listo, mi padre se dirigió hacia donde yo estaba:
-Venga, Miguel, que nos vamos -me dijo al mismo tiempo que me aupaba arriba del carro.
Y emprendimos el viaje camino de la Santa Cruz. Los primeros astronautas que pisaron la luna años después seguro que no llevaban la ilusión y expectación que yo tenía en aquellos momentos.
Mi madre caminaba con mi hermano en brazos. Mi padre guiaba al burro del ramal tratando de evitar los baches más profundos para que aquello no se viniera abajo, y yo, como ya he dicho antes, iba arriba del carro agarrado con todas mis fuerzas a los muelles de una cama para no irme al suelo en uno de los vaivenes.
Entre zarandeo y zarandeo observaba con detenimiento todas nuestras pertenencias: una cuna donde había dormido yo y ahora dormía mi hermano, una banca de madera con un colchón de pita, el cofre con la ropa de mis padres, una caja con mantas y sábanas, otra con pucheros, platos y sartenes, un cubo con su cadena para sacar agua del pozo, un lebrillo, una losa de madera para lavar, una estera, un baleo, unos fuelles, unas trébedes, un badil, unas tenazas, un azadón, una horca, una tinaja para el agua, una orcilla para las aceitunas...
Junto a mí llevaba una caja con mis cosas: un caballo de cartón al que le faltaba una pata y una oreja, una caja de zapatos a la que le ataba una cuerda y hacía las veces de carro, quince canicas de barro, algunas chapas de las botellas de gaseosa y un aro. En un lateral, bien amarrada, iba la bicicleta de mi padre.
Nunca me había alejado de la casa de la calle de la Vega más de cien metros, así que ahora tenía la oportunidad de conocer el resto del pueblo, en este, para mí, alucinante viaje, y además desde una perspectiva de tres metros de altura.
Llegamos al Riato y giramos a la derecha. Yo llevaba los ojos como platos mirando a un lado y otro de la calle, mientras mi madre me iba ilustrando.
-Mira, Miguel, ese edificio grande que hay a la izquierda es el Casino de La Humanitaria, que es para los ricos, pero hay otro para los pobres, que es donde va tu abuelo, y ese de la derecha es el Ayuntamiento.
Unos metros más adelante me llamó la atención un nicho que había en la pared de una fachada de la izquierda.
-Ahí dentro está el Cristo de Zalamea –me aclaró mi madre.
El Riato estaba peor que la calle de la Vega. Tenía unos baches tremendos y no se volcaba el carro gracias a la pericia de mi padre guiando el burro.

Después de unos doscientos metros de peligrosos bamboleos, llegamos a la altura de la Plaza de España, El Roce. Mi abuelo decía que antes se llamaba El Pozo Palacio, porque había un pozo en el centro y unos pilones donde bebían agua los animales. Me llamaron la atención todos los árboles que había en la plaza y, sobretodo, la torre de la iglesia, porque era lo más alto que había visto en mi corta vida.
-Este es El Roce –continuaba relatándome mi madre-, y al lado de la torre está la iglesia. Esas verjas de hierro que ves ahí son los depósitos de agua potable, y toda la gente del pueblo viene aquí con los cántaros a por ella para tener para beber y para cocinar. En el verano se forma una cola que llega de aquí a la carretera y hay que ensartar los cántaros por las asas con una cuerda para que no se cuele nadie. También hay un quiosco y los domingos que hace buen tiempo toca la banda de la música mientras la gente se pasea, y en aquella caseta venden pipas, regaliz, paloduz y, en el invierno, tuestan castañas.
Yo escuchaba a mi madre ensimismado y con la boca abierta. El Riato me había parecido una calle larguísima y la Plaza se me antojaba grandiosa. En esto mi padre giraba el carro a la izquierda intentando sortear un enorme charco que había en mitad de la calzada. Estábamos entrando en la calle de la Santa Cruz.
Mi madre, con mi hermano, unas veces de la mano y otras en brazos, continuaba haciendo de guía e ilustrándome.
-¿Ves esa nave tan grande? Es una fábrica de harina y también hacen pan.
Continuamos avanzando y mi hermano, ya bastante cansado del viaje, no paraba de llorar.
-¡Venga, chiquitín, no llores! -trataba de consolarlo mi madre-. Mira, esta es la Santa Cruz, por eso esta calle se llama así, y ahí en esa glorieta, la plataforma de hierro que hay es una báscula para pesar los carros de la uva. Después los llevan a estas bodegas de la derecha y hacen el vino.
Casi llegando a nuestra nueva casa, me llamó la atención un solar con el portón abierto que en su interior tenía una pared enjalbegada de blanco con un ribete negro alrededor. Mi madre pareció adivinarme el pensamiento.
-Este es el corral del tío Vitor, y en el verano por las noches ponen películas de cine.
A continuación estaba nuestra casa. Era la última a la derecha. Mas allá, un campo multicolor formado por el violeta de las flores del azafrán y el amarillo verdoso de las pámpanas de los viñedos recién vendimiados.
Mi padre me bajó del carro y me puso en la acera con mis canicas de barro mientras ellos descargaban nuestras pertenencias.
Frente a mí divisé un edificio de dos plantas con amplios ventanales. Era el colegio Cervantes, y en él me formaría durante los próximos ocho años. En los meses siguientes iría conociendo a mis nuevos vecinos: la tía Santa y la Teodora, la tía Brígida y la Josefa, el tío Patricio y la Jorja, el tío Tomás y la Lucía, el tío Sisibuto y la Francisca, así como a sus hijos, con los que compartí juegos durante varios años.
A lo largo del resto de mi vida he viajado prácticamente por toda España y por varios países europeos, pero jamás he vuelto a experimentar la misma sensación que tuve el día que, subido en aquel carro y a través de mis ojos de niño, descubrí la inmensidad de un trocito de mi pueblo.